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Poco después de la aparición de la Virgen de Guadalupe se produjo una notable conversión de los indígenas y españoles.

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Poco después de terminada la Conquista de México, de acuerdo a Fray Gerónimo de Mendieta en su “Historia Eclesiástica Indiana” del siglo XVI, los misioneros trataban de mil formas darse a entender pero: “… ni los indios entendían lo que se decía en latín, ni cesaban sus idolatrías, ni podían los frailes reprendérselas, ni poner los medios que convenía para quitárselas, por no saber su lengua. Y esto los tenía muy desconsolados y afligidos”.

Así mismo los pocos frailes que había en México, tenían que lidiar con sus connacionales que abusaban de los indígenas y solo los movía la avaricia. Incluso el Cabildo trató de matar al mismo Fray Juan de Zumárraga, quien los excomulgó. Este último llegó a expresar al Rey de España: “Si Dios no provee con remedio de su mano está la tierra en punto de perderse totalmente…”

Poco después de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe se produjo una conversión de una manera espectacular, los misioneros no daban crédito a lo que estaban presenciando, los sobrepasó y sobresaltó; los indígenas venían de todos lados, de tierras lejanas pidiendo los sacramentos.

Fray Gerónimo de Mendieta decía: “Y al tiempo que los bautizaban, muchos recibían aquel sacramento con lágrimas ¿Quién podía atreverse a decir que estos venían sin fe, pues de tan lejos tierras venían con tanto trabajo, no los compeliendo nadie, a buscar el sacramento del bautismo?”

En 1539, apenas ocho años después de la aparición, se habían convertido cerca de 9 millones de indígenas. En cuanto a los españoles también la conversión era sorprendente; son tantos documentos donde se manifiesta la gran devoción de los españoles que también acudían en masa ante la imagen.