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Frustración, miedo, tristeza, tolerancia, paciencia y felicidad, son sentimientos que todos hemos sentido al enfrentarnos a una situación adversa. Es así como define Guillermo las etapas por las que pasó durante un largo proceso de autoaceptación en torno a su sexualidad.

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Según el libro “Papá, mamá, soy gay”, escrito por Rinna Riesenfeld, muchas madres y padres viven una conmoción al recibir la noticia: se quedan helados, no saben qué hacer, sienten como si un balde de agua fría hubiera caído sobre ellos. De pronto piensan que todo cambió, que aquella persona con la que habían convivido durante tanto tiempo, no es lo que pensaban. Se sienten desconcertados y temerosos, como si el tiempo se hubiera detenido; otros mantienen la esperanza de que no sea verdad lo que están escuchando y empiezan a fantasear con que todo es un mal sueño del que no tardarán en despertar.

“Traté de explicarlo de la mejor manera que pude, pero tú sólo cerraste los ojos. No querías escucharme y yo no quise lastimarte y no me quería ir, pero me fui sin que tú me conocieras, más yo si conocí algo de ti.” Lynn Cook (Papá, mamá, soy gay)

 

Fueron dos años en que la comunicación con su madre se perdió. Aquel lazo que los había unido durante la ausencia de sus hermanos, ese día se desprendió haciendo que cada una de sus tiras tomaran una dirección distinta, dejando a ambos sordos y confundidos.

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En cuanto a sus hermanos, la situación fue muy diferente. Con su hermana Carla mantiene una relación realmente estrecha, a ella se lo confesó estando en una fiesta, vía mensaje de texto. Caly, como le dicen en su casa, le contestó: “Me da mucho gusto que me lo digas, pero hubiera preferido que me lo dijeras en persona”.

Con su hermano la relación apenas existe. A la fecha jamás se lo ha confesado directamente. “Mi hermano sabe porque mucha gente sabe y seguro ya se lo han dicho, pero nunca lo ha escuchado de mi propia boca, no me llevo nada con él, ni creo decirle algún día.” Lo dijo con tal entereza que es notable que no existe ningún vínculo que los una más que su propio apellido.

En cuanto al padre, la relación es casi nula, puesto que éste apareció cuando él tenía quince años de edad y a la fecha no sabe de la sexualidad de su hijo. “A mi papá lo veo poco y muchas veces me dice que me quiere presentar a niñas, pero la verdad le doy el avión”. Tanto su rostro como sus palabras reflejaban sinceridad y a la vez indiferencia. Claro que al haber estado ausente por tantos años, no se puede esperar que la relación padre e hijo sea una relación normal.

 

Un largo proceso de aceptación

Para Guille, no fue fácil aceptarlo y decirlo abiertamente, de hecho fueron años de tratamientos psicológicos tanto para la madre como para él, que a la fecha continúan. Pero no solamente las terapias psicológicas ayudaron a Guillermo en esta etapa de su vida, pues también se acercó a un sacerdote católico para encontrar una respuesta a sus millones de dudas. “La verdad es que yo soy súper católico y quise ir con un padre a que me diera su opinión, porque si esto lo consideraban pecado, yo me iba a alejar de la Iglesia”. Le ayudó mucho el tener esta plática con el sacerdote, puesto que le explicó que cada quién es libre de escoger su sexualidad y no estaba ofendiendo a Dios.

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A lo largo de este proceso, es evidente que la sociedad no ayuda en lo absoluto. Mientras la persona va encontrando su identidad, va cambiando su manera de actuar, de hablar, de moverse e incluso hasta su forma de vestir. Durante esta etapa, Guillermo sufrió grandes decepciones y tuvo que, de una u otra manera, aprender a sobrellevar el rechazo de la sociedad que ahora le daba la espalda. Esa sociedad llamada también “amigos de toda la vida” que le retiraron el habla y a la fecha lo tratan como un desconocido, el cual no merece ni ser volteado a ver. “Se necesita de mucha tolerancia y paciencia para soportar que la gente te ignore o te vea feo”. “Las terapias psicológicas me ayudaron mucho a contenerme y a soportar cuando creía que ya no podía más”, señala. Guille sin duda alguna, se vio envuelto en una situación extremadamente difícil para un joven de su edad, apenas tenía dieciocho años.

 

Después de la autoaceptación viene la felicidad

Para cualquier persona, no existe nada mejor que salir a la calle y dejar de pretender ser alguien que en realidad no es. Encontrar la identidad propia, permite que la persona tenga una mayor autoestima y pueda desarrollarse en el ámbito que desee, ya sea, profesional, social, laboral o, por qué no, sentimental.

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Guillermo hoy, es una persona muy feliz, con deseos de encontrar a aquella persona con la que compartirá su vida. “Si creo en el matrimonio y me encantaría poder adoptar”. Lo dice con una sonrisa en la boca y dispuesto a seguir luchando por lo que más quiere: formar una familia. Guille no cree en todas las especulaciones que giran alrededor cuando sale al tema de la adopción de padres del mismo sexo. Muchas personas opinan que los niños pueden tener conflictos acerca de su sexualidad, pero él sostiene que si una madre o un padre solteros, son capaces de criar a sus hijos con la ausencia del otro sexo sin que los niños duden en algún momento sobre su sexualidad, considera que él también puede lograrlo.

“Ahora me muevo en un ambiente totalmente diferente al que vivía anteriormente. Aunque no es un ambiente fácil, me siento adaptado. Tengo amigos nuevos y estoy en busca de la persona con la que quiero compartir mi vida. Hoy por hoy no me da miedo decir que soy gay”.

 

Alejandra López González

@ale_log