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Versa una frase que “el cine se ve mejor en el cine”. En la actualidad, se podría decir que con tanta tecnología ya no es tan necesario ir a un establecimiento para poder ver películas, pues cada día la calidad en la imagen avanza a pasos agigantados; sin embargo, hay algunos que siguen asistiendo a los complejos cinematográficos para disfrutar del séptimo arte.

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Las salas de cine a lo largo de la historia se han ido transformando en función de los avances tecnológicos, los cambios en los hábitos de consumo del público y como respuesta a formas de ocio alternativas. Por ello, a lo largo de la historia se ha pasado de pantallas casi cuadradas a pantallas más panorámicas, para competir con la televisión. De cines de una sola sala a cines con varias salas ofreciendo una mayor oferta; inclusión de complejos de multicines en centros comerciales como parte de una oferta conjunta de consumo, etc.

Las primeras salas de cine construidas en el Distrito Federal datan de las primeras décadas del siglo XX, las que paulatinamente han ido desapareciendo o transformándose. Algunos establecimientos incluso, se han demolido para hacer nuevas edificaciones.

Las grandes filas para entrar al cine, los aforos para más de mil personas, los intermedios, las matinés y la permanencia voluntaria, son algunas de las características con las que contaban los cines de hace algunos ayeres, aquellos lugares que marcaron época y que hoy, lamentablemente, están en el olvido o simplemente desaparecieron.

Anteriormente, había dos tipos de salas cinematográficas: las de lujo, donde hombres y mujeres asistían ataviados con sus mejores galas y que contaban con diversas comodidades al servicio del espectador; y los llamados cines “de piojito” o de barrio, que eran establecimientos que tenían capacidad para albergar a miles de personas.

La arquitectura fue otra parte esencial de las salas de cine. Si bien, aún la distribución se sigue conservando a través de tres partes esenciales que son el pórtico, el vestíbulo principal y la sala de proyección, en el pasado estos se caracterizaban por el lujo y los amplios espacios donde la gente podía convivir antes de comenzar la función.

El pórtico era el elemento de transición entre la calle y el interior del cine y es ahí donde generalmente se encontraba la taquilla. La marquesina que anunciaba la cinta en exhibición también era parte de esta zona.

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El vestíbulo principal era el sitio de recepción, generalmente amplio, donde se encontraba la dulcería. Dependiendo del cine, la entrada a las salas de proyección podía estar situada en la parte central o en los laterales. En algunos casos, las salas podían contar con un anfiteatro y galerías, cuyo ingreso se daba a través de unas escaleras, funcionaba como un mezzanine; y que en algunas ocasiones tenía dimensiones mayores que las del vestíbulo principal. Al igual que en la planta baja, también en este piso existían áreas con sillones, dulcería y sanitarios.

Finalmente, las salas de proyección tenían pasillos de distribución tanto principales como laterales, dependiendo del tamaño del establecimiento.

Ejemplos de estos cines de antaño hay muchos, pero escogimos tres emblemáticos para esta entrada:

– Cine Opera: Fue diseñado por Félix T. Nuncio y abrió sus puertas en 1949 con la proyección de la película “Una familia de tantas”, de Alejandro Galindo. Ubicado en Serapio Rendón 9, muy cerca de la Ribera de San Cosme, podía albergar a tres mil 600 espectadores. Su estilo art decó lo destacó entre muchos cines. En la fachada, en la parte superior de la marquesina, se encuentran dos esculturas talladas en piedra que muestran las máscaras de la comedia y la tragedia y atrás un gran ventanal que iluminaba el vestíbulo del cine. En sus interiores contó con mobiliario y revestimientos lujosos como candiles de bronce y cristal y muros de espejo. En 1993 fue retomado como sala de conciertos de rock, aunque se cerró definitivamente en 1998. En 2011, el Instituto Nacional de Bellas Artes lo tomó en resguardo con el fin de convertirlo en un centro cultural. Actualmente, se encuentra en un estado de avanzado deterioro.

– Cine Teresa: Se inauguró en 1942 en la Avenida San Juan de Letrán, actual Eje Central, con la película “El hijo de la furia”. Se conocía antiguamente como el “cine de las señoritas”, pues sus lujosas butacas apelaban al gusto de las exigentes damas refinadas de la ciudad. ¡¿Quién hubiera creído que años después el “cine dedicado a las damas metropolitanas” exhibiría películas para adultos?! El arquitecto Francisco Serrano fue quien diseñó este lugar que contaba con más de tres mil butacas, en su interior había esculturas que representaban a las nueve musas y las tres gracias. Sus escalinatas y pasamanos de cristal, sus plafones bellísimos, le dieron fama mundial. Ahora está convertido en dos salas dentro de la plaza comercial destinada a la venta de todo tipo de celulares y accesorios.

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– Cine Metropólitan: La película “Los Miserables”, basada en la obra de Víctor Hugo, fue la encargada de inaugurar este complejo, hoy convertido en teatro y escenario para conciertos. Con una historia de 70 años, el Metropólitan abrió sus puertas en 1943 con una impresionante fiesta que contó con la presencia del entonces presidente de la República, Manuel Ávila Camacho, y gente de la sociedad mexicana, lo que llamó la atención del sector cinematográfico para que ahí se estrenaran muchas de las películas de la época de oro del cine mexicano y que contaban con la presencia de sus protagonistas como María Félix, Pedro Armendáriz, Dolores del Río, Andrea Palma, entre muchos otros rostros. Con el declive de la cinematografía nacional, este cine dejó de funcionar y permaneció abandonado por varios años, hasta que fue rehabilitado y operado por Ocesa, que aprovechó la oportunidad de utilizarlo como espacio para espectáculos, conservando sus escalinatas y el gran candil del vestíbulo.

Ana E. Martínez-Gracida Núñez

Twitter: @Moroccotopo77