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Esta expresión muy usada por la gente significa que el tiempo hace mella y no transcurre en vano; tiene su origen en una curiosa historia que se encargó de transmitir Miguel de Cervantes Saavedra, una vez regresó a tierras españolas después de haber participado en la batalla de Lepanto.

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Todo parece indicar que el autor de “El Quijote” coincidió en Túnez con un castellano viejo que había sido apresado por los moros hacía ya unos cuantos años. El castellano, de nombre Rodrigo del Trigo, fue destinado a una galera en la que se le encomendó, aparte de la función de remero, achicar el agua que entraba en el online pharmacy casco por una grieta mal cerrada.

Su instrumento, el balde con que achicaba el agua, le acompañó doce largos meses, en los cuales Rodrigo envejeció visiblemente. Tras ese tiempo, consiguió el suficiente dinero para comprar su libertad, pero para su mala fortuna, una vez embarcado en el navío que había de conducirle a Castilla, fue nuevamente apresado.

El azar, cruel bromista, dio lugar a que Rodrigo fuese a parar al mismo barco en el que había pasado doce meses de su vida junto al balde que le servía para llevar a cabo la ardua labor de achicar el agua que entraba por la grieta que, dicho sea de paso, aún no se reparaba.

Al ver el cubo, el castellano sonrió con amargura y se dijo a sí mismo “los años no pasan en el balde, pero sí por mi”. Esta expresión, que repetía con cierta frecuencia Rodrigo, llegó a oídos de Cervantes acortada, con el sentido de que “los años no pasan en vano”.

Esta expresión ha llegado hasta nuestros días con ese sentido y nos recuerda que, para bien o para mal, cada día nos hacemos más viejos.