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Todos los días, miles de habitantes y visitantes de la Ciudad de México transitan por el Paseo de la Reforma, donde entre glorietas, destaca una sin lugar a canadian pharmacy ed dudas. Y más que una glorieta, el cruce de Reforma, Avenida Juárez, Bucareli y Guerrero, es un punto que todo mundo voltea ver, pues es la morada de la escultura “Cabeza de Caballo” de Sebastián.

caballito sebastian

Dos décadas bastaron para que esta obra monumental se convirtiera en un referente de la ciudad, y aunque no se salvó de controversia por ocupar el lugar donde anteriormente estaba la escultura de Carlos IV realizada por el afamado artista Manuel Tolsá, en la actualidad ya es todo un “mito” de la Ciudad de México.

Como en todas sus esculturas que se han caracterizado por distintos elementos en los cuales se integran distintas disciplinas desde la arquitectura, escultura y diseño industrial, el “Caballito”, como es también conocido, involucra un gran número de elementos geométricos y matemáticos, los cuales logran crear la imágenes minimalista y de estética simple.

Su creación data del año 1991, aunque fue formalmente inaugurada el 15 de enero de 1992. Fue realizada principalmente de fierro con esmalte acrílico amarillo. Esta escultura tiene una altura de 28 metros, 10 metros de diámetro y tiene un peso aproximado de 80 toneladas.

Su color se debe a que el mismo Sebastián quería que resaltase a la vista por sí misma en contraste con los tonos grises y azulados de los vidrios y edificios del lugar.

Lo que pocos conocen es que el motivo de su construcción responde un poco a las necesidades de crear una salida a los gases del drenaje profundo, a manera de respiradero o chimenea, la cual se encuentra ubicada en la parte superior. Esto se debe a que fue inevitable colocarla en un sitio tan importante como la Av. Reforma, ya que ahí desembocan las conexiones de drenaje provenientes del Centro Histórico y de la Alameda Central hacia la entrada del drenaje profundo, por lo que se armó un proyecto de ingeniería para crear el escape y, de manera paralela, crear una escultura que pudiera disimular el propósito principal del proyecto sin afectar negativamente la imagen de los edificios cercanos así como de la avenida, convirtiéndose con el tiempo en una imagen emblemática de la escultura mexicana del siglo XX.

En conclusión, el “Caballito” es una prueba de como el arte y la ciencia no están en conflicto alguno y más que eso, pueden complementarse para embellecer y enriquecer nuestros espacios, sin necesidad de perder la funcionalidad del aspecto científico o la belleza del aspecto artístico.

Ana E. Martínez-Gracida Núñez

Twitter: @Moroccotopo77