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En todo el mundo, México es un país que tiene muchos connacionales viviendo en el extranjero. Cualquiera pensaría que los mexicanos somos más hospitalarios que el resto de los ciudadanos de otras latitudes. Y puede ser que así sea en el ámbito turístico, sin embargo, cuando se trata de personas que están de paso o deciden quedarse a vivir aquí, el panorama cambia y pareciera que a los mexicanos nos sale lo bravucón y prepotente, más cuando se trata de aquellos que vienen del Suchiate para abajo.

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México es un país de origen y tránsito de migrantes que intentan llegar a los Estados Unidos para alcanzar el sueño americano, y también es resultado de oleadas migratorias, tanto antiguas como recientes, además de asilo para las personas que salen de sus países de origen como consecuencia inevitable de las profundas y crecientes asimetrías políticas.

Si vemos para atrás, los primeros pobladores del territorio fueron migrantes, y toda la era prehispánica se caracterizó por grandes movimientos demográficos a lo largo de milenios.

La brutal ruptura de ese universo social y geográfico que significó la Conquista, no sólo implicó la inserción de una importante población peninsular, sino también la llegada de africanos y asiáticos, fenómeno que persistió durante la Colonia. En la gesta de Independencia, participaron individuos de otras regiones de América e incluso peninsulares, como Francisco Xavier Mina.

A lo largo de la vida republicana, han llegado al país innumerables personas de otras partes del planeta, y el siglo pasado vio asentarse en esta tierra a europeos, asiáticos y centro y sudamericanos que llegaron en busca de nuevos horizontes personales, o bien obligados por persecuciones políticas. Muchos de ellos realizaron y realizan aportes inestimables a la economía, la cultura, la ciencia, los deportes y otras ramas del quehacer nacional.

A pesar de tener todo este historial, los migrantes son el tercer sector de la población más discriminado en nuestro país, luego de los homosexuales y los indígenas.

La xenofobia suele ser percibida simplemente como el rechazo al extranjero por parte de la población de un país. Generalmente, se piensa que la xenofobia tiene como única manifestación la expresión de disgusto frente a los extranjeros que están de paso o que llegan a vivir a una nación, provenientes de otros países, pero la realidad es que se trata de un fenómeno complejo que se concreta de muchas maneras y adopta formas variadas de expresión.

La complejidad del asunto radica en los múltiples factores que la conducen a estar presente en las sociedades actuales y, aunque se tienen derechos humanos y se encuentran amparados ante la ley, muchas veces el desarrollo de sus vidas choca con toda una ideología nacionalista que nace desde el mismo Estado del país receptor de personas en calidad de refugiados, migrantes o ilegales, por mencionar algunas categorías, donde vemos desde ahí, las etiquetas que los mismos gobiernos sostienen e incitan a la discriminación y xenofobia por la población no originaria.

El tratar de comprender los conflictos de diversidad cultural muchas veces implica hablar de la historia de los mismos, entendiendo de esta manera histórica cómo es que los conflictos del pasado siguen perdurando en la actualidad y cómo las poblaciones han lidiado con estos durante generaciones.

La problemática socioeconómica también adquiere una importancia significativa al ver como la migración se vincula directamente con ésta. Aquí muchas veces, las instituciones políticas se ocupan de que el extranjero sea visto con una mala mirada construyendo imaginarios colectivos acerca de una cultura diferente a la que hay dentro de un país, realzando así el nacionalismo.

El tratar de cambiar toda una idea que gira alrededor de la percepción de un cierto grupo humano, radica desde cambiar las políticas e impulsar una conducta de aceptación y tolerancia cultural; hablamos de una diversidad cultural que se engrandece y se presume, pero muchas veces lejos de avanzar, retrocedemos, haciendo difícil los caminos de eliminar ciertos elementos, ya nulos para los tiempos en los que vivimos.

En suma, en esta materia se requiere que gobiernos y sociedades avancen hacia una nueva concepción, más humanista y menos racista, xenofóbica y paranoica como la que hoy impera, para vergüenza de muchas naciones. La nuestra, entre ellas.

Si se pretende terminar con actitudes xenofóbicas se debe pensar un poco la forma en que se ha manejado el nacionalismo y la forma tan radical en la que se ha formado. Cambiar las construcciones sociales, culturales y políticas es una nueva formación de la identidad en favor de la multiculturalidad generando relaciones fraternas y de respeto en función de los cambios globales que se han dado por diferentes causas; siempre y cuando se reconozca esa diversidad y se pueda vivir con ellas sin ningún problema.

Ana E. Martínez-Gracida Núñez

Twitter: @Moroccotopo77