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Las redes sociales han abierto una puerta positiva a la expresión colectiva y dado cauce a una nueva y más amplia dimensión democrática, pero en ocasiones, esta inmediatez y accesibilidad se puede convertir en algo realmente aterrador.

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De un tiempo a la fecha, viene manifestándose un fuerte fenómeno que tiene que ver con la expresión abierta de un odio que se está arraigando peligrosamente en un amplio sector de la sociedad y que aflora a través de las redes sociales, cobijado, por llamarlo de algún modo, como una forma más de impunidad, derivada en buena medida por el anonimato que dan éstas.

El nivel de odio y violencia contenido en los mensajes revela una profunda descomposición, los cuales pueden ser capaces de causar con la palabra la más brutal de las heridas, actitud que es preludio de la violencia física o, por lo menos, la engendran y/o la promueven.

Las declaraciones discriminatorias han encontrado una plataforma de dispersión masiva en las redes sociales. Hoy en día, es fácil detectar la reproducción de discursos de odio, particularmente a grupos históricamente discriminados como las poblaciones indígenas, la comunidad lésbico-gay, grupos religiosos, mujeres o jóvenes pertenecientes a una tribu urbana, convirtiéndose ya en un problema de carácter social.

En la actualidad, podemos leer en nuestras redes sociales, especialmente Twitter, chistes, bromas o “memes” que en segundos se riegan como pólvora; muchos de ellos acompañados por “hashtags” como #EsDeNegros, #Indio, #Naco, #ProblemaDeAlbañiles, #EsDeChachas, #EsDeChakas, #Zorra, #FrasesDeGordas, entre muchos otros que se han popularizado y que, en muchas ocasiones, la gente los llega a usar de una manera inconsciente, sin mala intención o con afán de crítica, sin darse cuenta que esa acción está ayudando a la propagación de los mismos.

Ante este incremento de expresiones de odio, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación publicó recientemente un estudio realizado por Hatebase, una especie de Wikipedia donde la gente puede registrar palabras que son ofensivas en sus países de origen, en el que México ocupa el noveno lugar entre los países que más conceptos de odio ha registrado en diferentes ciudades con el 5% de los 1,210 que se han dado de alta.

El 67.5% son palabras de odio en inglés, seguido por el 6% que se han registrado en español. Según las estadísticas, cinco de cada diez palabras o frases de odio están vinculadas a la etnicidad, 26 por ciento a la nacionalidad, 6.85 por ciento a la religión y el resto a género, orientación sexual, discapacidad y clase.

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Por región, en México las palabras de odio más registradas son las vinculadas a la etnicidad como “naco”, “indio” “chilango” o “mestizo”, junto con “p*to” o “mayate”, que aunque varía dependiendo de la región, suele ser una expresión despectiva hacia los homosexuales. También, hay menciones hacia términos como “retrasado mental” o “guajiro”.

Hace un año, salió a la luz pública #Tweetbalas, un proyecto que consistió en disparar una bala de pintura, de manera virtual en una página web, y de manera real en una instalación artística en el Museo Memoria y Tolerancia, sobre la palabra “México” cada 20 veces que se reproducía una palabra considerada discriminatoria desde la cuenta de un usuario registrado en el país, lo que evidenció la discriminación que se reproduce a través de mensajes en las redes sociales que pueden denigrar la dignidad de un grupo de personas.

Al día de hoy, se han registrado 60 mil 58 “tuits” con contenido de odio.

Ante el uso potencial de las redes y su masificación, se debe generar mecanismos que permitan procesar información relacionada a discursos de odio, a fin de construir una base para el diseño de políticas públicas de combate a la discriminación y proteger el derecho a expresarse.

Hay que evitar caer en una confusión generalizada sobre los alcances de la libertad de expresión. Todavía hay personas que creen que la libertad de expresión es decir lo que sea, cuando sea, aunque sea violento y que incite al odio. El discurso de odio siempre trae consigo violencia y agresión, y eso debe tener un control sin que se confunda con algún tipo de censura o restricción.

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Se debe trabajar en un protocolo que establezca los límites que deben existir en estos canales de comunicación para evitar este tipo de conductas. Las redes sociales también deben de tener sus reglas de juego.

Ana E. Martínez Gracida Núñez

Twitter: @Moroccotopo77