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El concepto de tolerancia parte del hecho de que los seres humanos somos distintos. Esas diferencias deberían ser consideradas como fuentes de progreso para la humanidad, haciendo más rica y provechosa la convivencia entre hombres y mujeres. Sin embargo, la realidad es muy diferente por una sencilla razón, el ser humano tiende a detestar a los que no son iguales a él. Es cuando surge la intolerancia.

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A menudo, la intolerancia está ligada a manifestaciones de odio racial, nacional, sexual, étnico, religioso o a otras formas de comportamiento que discriminan a ciertas personas o “categorías” de personas. En sus encarnaciones o manifestaciones, consagran como valor superior, no a la persona con sus propias y diversas identidades, sino a la propia identidad enfrentada a la de los demás.

La intolerancia se fundamenta en el prejuicio que está basado en una generalización defectuosa e inflexible, que puede ser sentida o expresada y puede ser dirigida al grupo como un todo o a un individuo como miembro de dicho grupo; entre sus manifestaciones destacan la heterofobia o rechazo y exclusión del diferente, la subalternidad o categorización de inferioridad del considerado distinto y el etnocentrismo o consideración de superioridad cultural o étnico de un grupo frente a otros.

¿Qué sucede cuando una sociedad cae en la intolerancia? Pero sobre todo, ¿qué pasa cuando los líderes o dirigentes de una sociedad se vuelven intolerantes? Es muy probable que en esas circunstancias, la sociedad corra el riego de caer en un tobogán de descréditos, acusaciones, enfrentamientos y, desafortunadamente, violencia.

Hay muchos casos en la Historia, más o menos conocidos por todos, en que la intolerancia ha llegado a extremos capaces de destruir todo aquello que se considera diferente al intolerante o a sus ideas y, por lo tanto, carente de todo valor o derecho adquirido, lo cual justificaría su actitud frente a los demás y le daría un aire de tranquilidad a su conciencia moral y ética.

El fenómeno de la intolerancia tiene múltiples manifestaciones aunque siempre un mismo denominador común, la elevación del “Yo absoluto” como valor supremo de la propia identidad, personal o colectiva, de los propios intolerantes, dirigida contra otras etnias, contra la orientación sexual, contra las tendencias políticas o contra las creencias religiosas de sus oponentes, a los cuales despoja de todo derecho universal al considerarlos diferentes a él.

Hoy en día, las personas tendemos a ser muy individualistas, sólo estamos interesados en nosotros mismos y no en los demás, por lo que esto nos lleva a actuar de una manera intolerante, es decir, no respetamos las acciones u opiniones de los otros.

Algo que va muy de la mano con la intolerancia es la ignorancia, ya que por no saber, o por no estar informados, solemos ser racistas, o creer ideas que no son ciertas. Esto es algo grave, el ser intolerante es algo muy común, aunque creamos que no.

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En la actualidad, las grandes sociedades, además de su desarrollo económico, de su nivel cultural, de la importancia de sus universidades y capacidad de investigación tecnológica, se distinguen particularmente por el nivel de tolerancia entre sus ciudadanos que les brinda la oportunidad de convivir con diferentes pensamientos, por lo que una sociedad desarrollada sería impensable si no mantiene un nivel de pluralidad, inclusión y madurez que impulse la convivencia respetuosa de sus habitantes.

En este escenario deseable para toda sociedad, nuestro país tiene un enorme reto de sobreponerse a las actitudes retrógradas e inmaduras de muchos grupos. Más allá de ver el hecho de tolerar como el “tener que aceptar”, hay que adoptarlo como aprender de alguien diferente, rescatar algo para nosotros mismos y generar un crecimiento personal.

Ana E. Martínez-Gracida Núñez

Twitter: @Moroccotopo77