Seleccionar página

En una anterior entrega, hablamos del Templo y Puente de San Antonio Panzacola que se encuentra en la Delegación Coyoacán, en el sur de la Ciudad de México. Muy cerca de este lugar, sobre Avenida Universidad se encuentra la Parroquia de San José El Altillo, la cual toma su nombre de una antigua hacienda y que también sirvió para bautizar a una glorieta que se encuentra a unos pasos, en la intersección de la mencionada avenida y Miguel Ángel de Quevedo, la cual anuncia la división territorial entre la demarcación y su vecina, Álvaro Obregón.

glorieta de altillo

Una vez que los españoles conquistaron territorio nacional y se asentaron, Hernán Cortés nombró a Coyoacán como capital de la Nueva España y primer ayuntamiento de la ciudad, mientras se reconstruía la Ciudad de México. Durante este tiempo se empezaron a edificar las primeras construcciones con el estilo que imperaba en aquellos años y se estableció la orden franciscana en la Iglesia de San Juan Bautista.

Coyoacán fue célebre por sus huertas, haciendas, conventos y fábricas textiles que de alguna manera, se beneficiaron con su prodigiosa naturaleza, pues su privilegiada situación le permitió convertirse, primeramente en un centro prehispánico a orillas del antiguo lago, y posteriormente, en sede de los poderes durante la reconstrucción de Tenochtitlán.

Una de las haciendas que floreció en esta zona fue la Hacienda de San José del Altillo, que perteneció a los marqueses de Aguayo, Don Agustín de Echeverz y Subízar, Gobernador del Nuevo Reino de León; y Doña Francisca Valdés y Alceaga.

Está situada al oriente del río Magdalena, entre las poblaciones de San Ángel y Coyoacán, y se construyó en una zona elevada, lo que permitió que el ojo de agua existente en la hacienda irrigara los campos cultivados vecinos donde crecían árboles frutales, trigo y sobre todo, magueyes. A las márgenes del río Magdalena se les conocía como “el arenal”, excelente tierra para las macetas, comercio que se desarrolló ahí en el siglo XIX.

La entrada estaba a dos cuadras de lo que hoy son los Viveros y la calle Panzacola, con lo que fue la huerta de Quevedo, en la calle de Francisco Sosa.

La fachada del casco de la hacienda es de dos pisos, con una espaldaña del lado izquierdo, en su interior hay un patio con naranjos y una fuente en el centro. Junto al patio había una pequeña capilla “familiar” dedicada a San José, conservándose el retablo y la imagen originales.

La hacienda fue testigo de un hecho histórico, durante la invasión norteamericana en 1847, cuando las tropas enemigas se aprestaban a asediar la Ciudad de México. Después de las batallas de Padierna y Churubusco, alojaron en ésta a una parte de su ejército. La historia afirma que la última propietaria de la finca, descendiente de los marqueses, doña Elena Piña Aguayo, viuda de Sánchez Gavito, tenía como recuerdo de su niñez la imagen de las tropas yankees alojadas en su propiedad.

En 1951, Doña Elena donó el casco y partes de los terrenos de la hacienda a la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo, con lo que se pudo preservar este valioso lugar.

De dicha hacienda, aún se conserva la casa principal que forma parte de un monasterio, cuyo patio es usado para eventos especiales. En contraste con la solidez de este edificio, se contrapone la moderna capilla diseñada por el arquitecto Enrique De la Mora, en colaboración con el ingeniero Félix Candela.

Esta capilla, una de las obras más destacadas de la arquitectura religiosa mexicana del siglo XX, está resuelta por medio de un paraboloide hiperbólico que se despliega sobre una extensa explanada cubierta por pasto. Al interior, la capilla cuenta con un espacio con vitrales de color que crean una atmósfera de gran espiritualidad y misticismo.

Frente a dicha capilla, se encuentra una plaza con un gran muro blanco, en cuyas paredes, se encuentran grabadas algunas citas bíblicas. Además, cuenta con una librería y distintos salones para actividades complementarias a la liturgia.

El rostro fresco y campirano del lugar se fue cubriendo con el artificial “maquillaje” del asfalto, ante la necesidad de vías que comunicaran a la gran ciudad que empezaba a modernizarse. De esta manera, vino la construcción y ampliación de Avenida Universidad, así como de Miguel Ángel de Quevedo.

coyotes

En el cruce de ambas vías, se construyó una glorieta, en cuya cima, se colocó una estatua de dos coyotes, muy similar a la que se encuentra en la fuente del Jardín Centenario, obra del artista Gabriel Ponzanelli, en el mero centro de Coyoacán. Ésta se encuentra en la zona limítrofe de Coyoacán y Álvaro Obregón.

Ana E. Martínez-Gracida Núñez

Twitter: @Moroccotopo77