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La imagen que se tiene del testamento es como la de un cuadro del siglo XVI: un hombre en su lecho de muerte y alrededor de él su esposa e hijos, el cura y el notario, quien debe dejar por escrito los últimos deseos del moribundo. 

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La asociación de la muerte con el testamento resulta en que las personas piensen que éste se debe hacer cuando esté cercano el fallecimiento, pero debería ser al contrario. Es mejor hacerlo en un momento donde nuestra mente esté lúcida y no haya duda de nuestra voluntad. Es sin ninguna duda un asunto que no resulta agradable; sin embargo, es un aspecto de vital importancia que debe llevarse a cabo en vida.

En nuestro país tan sólo existen 3.7 millones de testamentos registrados, lo cual es muy poco si consideramos que somos cerca de 115 millones de habitantes. Con mil 200 notarios registrados en todo México, encontrar uno a las cinco de la mañana a unos minutos de la muerte, puede resultar una misión imposible. El testamento hay que hacerlo desde que se tiene algo que heredar y una persona a quien dejárselo.

También es cierto que, llegado el fallecimiento de una persona que tiene bienes y no tiene testamento, llegan asimismo los problemas que genera el intestado. En la gran mayoría de los casos donde no existe un testamento y una vez pasado el luto inicial, la situación se convierte en todo un tema legal y fiscal, creando conflictos entre los deudos.

Cuando una persona deja su testamento hecho ante notario manifiesta su intención y por lo general, se respeta la voluntad del testador, aunque habrá quienes busquen la manera de conseguir lo que quieren.

Entre los beneficios de tener un testamento está el de proteger lo que es nuestro, evitando que aquello que logramos construir durante nuestra vida caiga en manos equivocadas, así como nos da certidumbre de que nuestros bienes servirán para el propósito para el que fueron edificados. Cuando no se tiene este recurso, estamos dejando la decisión del futuro de nuestros bienes en manos de un juez, que podría durar varios años. Además, si no tenemos herederos legales y nadie reclama nuestros bienes, éstos podrían pasar a manos del Estado.

También, es un mecanismo de protección para nuestra familia, y les permite continuar con su vida sin preocuparse sobre qué sucederá con su casa o con el dinero que se tiene ahorrado. Es desafortunado pero existen muchas historias de gente que se pelea por el dinero o patrimonio que dejaron sus parientes al morir y muchas familias se han separado por problemas de ese tipo. Un juicio de intestado puede ser muy duro para el bienestar emocional de nuestros seres queridos, además de largo y costoso, y durante el cual nuestros bienes no podrán ser tocados. Ni el dinero que dejamos en nuestra cuenta de cheques.

Si ya estamos pensando en hacer nuestro testamento, lo mejor es asesorarse por un notario público, él es la persona indicada para establecer las capitulaciones en el formato adecuado a la ley y teniendo en cuenta aspectos tan fundamentales como los porcentajes de reparto y la incidencia fiscal.

Hay que tener claro que hacer un testamento no significa que nos estamos preparando para morir. Por el contrario, significa que te importa que tu patrimonio quede como debe ser: ordenado.