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Sin duda, honrar a los muertos es algo muy mexicano. Desde mucho antes de la Conquista española, nuestros ancestros concibieron la muerte bajo una dualidad con la vida. La existencia en el mas allá, decían, era de acuerdo con la forma de su fallecimiento, no a la conducta observada en vida, por lo tanto no se temía a castigos posteriores a la muerte. 

calzada de los muertos

En la época prehispánica los muertos se esfumaban en el reino de Mictlantechutli. Solamente los guerreros muertos en combate y las mujeres en el parto, adquirían la calidad de estrellas para acompañar a Quetzalcoatl a sus recorridos celestes. Los muertos relacionados con fenómenos provocados por el agua, ahogados, etc., iban al domicilio de Tláloc, a una especie de paraíso.

Teotihuacán es el nombre de una de las mayores ciudades de Mesoamérica durante la época prehispánica, cuyo nombre significa “Lugar donde fueron hechos los dioses”. Los orígenes de Teotihuacán son todavía objeto de investigación entre los especialistas, pues al día de hoy, desconocemos cuál era el nombre original de la ciudad, quiénes eran las personas que la construyeron y que la habitaron durante varios siglos y, que por razones que aún no se saben, la abandonaron.

Hay poca información sobre el proceso que llevó a la fundación de Teotihuacan, pero lo que se sabe es que a partir del Preclásico Medio, se desarrolló en el valle de Teotihuacán un pequeño grupo de aldeas dedicadas a la agricultura. Alrededor del año 100 a.C. se comenzaron a desarrollar dos asentamientos dentro de lo que sería unos siglos más tarde la metrópoli teotihuacana. Así, empezó a concentrar un importante número de habitantes provenientes de todo el valle del Anáhuac, muchos de ellos, provenientes de Cuicuilco, quienes abandonaron esa ciudad debido a la explosión del volcán Xitle.

Ya para la era cristiana, se comenzó a establecer las bases de planificación urbanística de la ciudad y se definen varios rasgos característicos de la cultura teotihuacana. La construcción de los edificios de la ciudad se realizan en torno a dos ejes: el eje norte-sur, constituido por la Calzada de los Muertos; y el eje este-oeste constituido por el curso del río San Juan, cuyo cauce fue desviado para hacerlo coincidir con una orientación hacia el sur del este. También, en esta época se ejecutó la primera etapa constructiva de la pirámide de la Luna y ya se había planificado la plaza de este gran edificio, que marca el límite norte de la Calzada de los Muertos.

La planificación urbana de Teotihuacan debió adquirir la forma definitiva alrededor del siglo III de nuestra era, cuando ya se habían construido la cuarta etapa de la pirámide de la Luna, la Ciudadela y la pirámide del Sol.

La Calzada de los Muertos fue el verdadero eje de la ciudad, así como su centro ceremonial. Estaba flanqueada por las más vastas construcciones. La organización urbana de esta gran ciudad influyó grandemente en toda Centroamérica.

Esta gran avenida comienza en el recinto de la Pirámide de la Luna y concluye en el recinto que los españoles del siglo XVI llamaron Ciudadela. Su longitud es de dos kilómetros, tiene una anchura de 40 metros y está orientada al este del norte astronómico, como ocurre con casi todas las construcciones de este lugar.

A lo largo de la calle, se encuentran los edificios más importantes destinados a templos, palacios y casas de personajes de altura. Allí están además de las dos grandes pirámides, la Casa del Sacerdote, el palacio de Quetzalpapalotl, el Palacio de los Jaguares, la estructura de las Caracolas Emplumadas, el templo de Quetzalcóatl, la Ciudadela y muchas más edificaciones que en su momento, fueron de gran belleza.

En uno de los aposentos, se descubrieron unos pisos construidos con dos capas de láminas de mica de seis centímetros de espesor, que fueron cubiertas más tarde con un piso de tezontle.

Seiscientos años después, los mexicas convirtieron a la abandonada y ya semi enterrada ciudad en un lugar sagrado y de peregrinación, que aún en nuestros días, congrega a centenares de miles de personas vestidas de blanco cada equinoccio de primavera, el 21 de marzo, esperando recibir las energías de la tierra.

Ana E. Martínez-Gracida Núñez

Twitter: @Moroccotopo77