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La vida nos pertenece, es algo personal e intransferible. De igual manera, la muerte es también algo personal e intransferible. La muerte es la terminación de la vida, la desaparición física del escenario terrenal donde hemos venido actuando y viene a ser, por tanto, el último e inevitable acto de nuestra existencia; sencillamente, es el precio que pagamos por haber vivido. 

EUTANASIA

Uno de los derechos que todo ser humano tiene, si no el más importante, es el derecho a la vida, pero cuando ésta se ve gravemente afectada por unas condiciones de salud que llevan a quien las padece a verse en una situación de cuidados intensivos, de la cual no se sabe si saldrá bien o que su existencia dependerá en el futuro de medios artificiales, surgen dilemas sobre si este tipo de circunstancias son las adecuadas para cuidar la vida o prolongar la agonía a algo que irremediablemente sucederá en un corto o largo plazo.

Cuando se dan este tipo de disyuntivas, surge un tema polémico: la eutanasia y la muerte digna, que llevan a replantearnos varios puntos de nuestras vidas como la religión y la ética. Pero antes, es necesario conceptuar desde un principio el término dignidad.

Los seres humanos transitamos por la vida alentados o estimulados por pequeñas o grandes aspiraciones, pero de éstas, las que menos desea cualquier individuo son la miseria y el dolor. El hecho de aspirar a no vernos colocados en circunstancias que inspiren lástima y compasión ante los ojos de los demás, establece una actitud frente a la vida, a la que se le llama dignidad. Según el Diccionario de la Lengua Española, la dignidad es “un comportamiento con decoro, una cualidad que enriquece o mantiene la propia estima y la de los demás”. Por lo que si podemos vivir con dignidad, también debemos morir con ésta.

En los últimos años, países se han enfrascado en un eterno conflicto en torno a legislar sobre la muerte asistida porque surgen argumentos correspondientes a la ética. Es lógico que si las leyes salvaguardan la vida, el legislar sobre el acto opuesto, sería contradictorio. Esto sin contar agrupaciones que se pronuncian en contra de este tipo de prácticas, cuyo sustento está basado, la mayoría de los casos, en aspectos religiosos.

Pero el término “muerte digna”, tiene sus variantes. La eutanasia es entendida como la ayuda a morir a quien no puede hacerlo por sí mismo, a través del uso de ciertas sustancias para producir o acelerar la muerte, y es permitida en algunos países, principalmente, europeos. Sin embargo, la ortotanasia se entiende como el derecho del paciente a morir dignamente, sin el empleo de medios desproporcionados para el mantenimiento de la vida. En este sentido, se deberá procurar que ante enfermedades incurables y terminales, se actúe con tratamientos paliativos para evitar sufrimientos, recurriendo a medidas razonables hasta que la muerte llegue. De esta manera, podemos decir que la ortotanasia se distingue de la eutanasia en que la primera nunca pretende, deliberadamente, el adelanto de la muerte del paciente.

En nuestro país en 2008, se aprobó la Ley de Voluntad Anticipada en el entonces Distrito Federal y Coahuila, la cual otorga el derecho a una persona a decidir, en pleno uso de sus facultades mentales, sobre los tratamientos y cuidados que desea recibir, así como a elegir una muerte digna en caso de que padezca una enfermedad incurable o terminal. De este modo, se evita que prolonguen su vida de forma artificial, provocándole sufrimientos inútiles. También, permite a la persona solicitar que sus órganos sean donados después de fallecer.

Posteriormente, algunos otros estados de la República Mexicana como Guerrero, Guanajuato, Michoacán, Hidalgo y Colima han legislado en favor de la llamada “voluntad anticipada”.

Pese a esto, aún México está rezagado en controlar el dolor y en impulsar una muerte digna. La prueba está en que sólo existen quince grupos de profesionales capacitados para atender a pacientes desahuciados. Y al decir grupo, es porque precisamente este acto de “voluntad anticipada” debe ser un proceso integral, no sólo para la persona enferma, sino también para sus familiares a fin de pasar ese momento de dolor sin miedo.

En un país como México, la eutanasia puede ser más causa de perjuicios que de beneficios, puesto que no están dadas las condiciones de conciencia, de legislación, y de cubrimiento necesarias para que se pueda tener de alguna manera en cuenta en éste país. Sin embargo, el morir dignamente es entonces el morir libre de dolor, con el suministro de medicamentos que se requieran contra las incomodidades que se puedan presentar, eliminando en lo posible el sufrimiento de morir en vida.

El morir dignamente es que se respete la dignidad del moribundo, que se eviten casos en que el paciente anhela, de cierta forma, la muerte, pero por intromisión médica, protegida en un deber ético y moral, el paciente debe soportar una degradación tan grande que no la iguala lo terrible que podría ser el camino hacia la muerte, destruyéndose la dignidad de la persona.

En nuestra época actual, con intereses diferentes, con ritmos de vida distintos, con horizontes de vida mucho mayores, con una sociedad más evolucionada, con mayores avances tecnológicos, bien podría plantearse dar el siguiente paso en la búsqueda de un “buen morir”.